Las angustias corrían cuando le veía morderse el labio de abajo.
Los nervios le florecían y
la piel se me enraizaba.
Los brazos tupidos de vello.
Ello.
Su decisión y certeza,
hasta verle tomar el pasamanos del metro
me inspiraba a confiar en él.
Seguridad.
Se fue.
Me asaltó la curiosidad
y traspasaron los abrazos.
Miedo en el estómago
y hambre de viajar.
De sumergirme en una tina y no salir.
sábado, 12 de marzo de 2016
Todos, en este acordeón de vida, subsistimos de miradas.
Las necesitamos, desperdiciamos,
gastamos y usamos.
La gente se basa en besos.
Y no.
No le voy a los besos.
Creen que por tener contacto físico
se llega más adentro,
se conoce más.
Y no.
Queremos la batería completa.
Cargada al cien.
Qué tedio.
Qué exigencia.
Si no nos sentimos incompletos,
huecos.
De cualquier manera seguimos insípidos,
humanos.
Los miércoles por las tardes me gustaba pasear mis yemas por su barba,
intentando descifrar lo que sus dientes resguardaban.
Me gustaba su reciprocidad descortés,
descoordinada,
dándole yo sonrisas
él respondiendo con seriedades.
Mi picardía acompasada con sus cejas tupidas,
despiertas.
Nuestros ritmos distintos,
desequilibrados,
distantes e incompletos,
pausados,
mezclados y notorios.
Dos entes rompiendo la monotonía
y armonía desnuda
de un vagón de piedras.
Sube baja.
Un hombro, el brazo,
la nuca.
Su nuca.
Acariciándola se me iban las nostalgias
y me regresaban los estornudos.
Desnudos.
Sin algo que ocultar
ni qué decir,
se nos fue la vida.
Y el tren.
Tenía un brillo peculiar en los ojos
como esas lanzas que atraviesan los muros más grandes
su sonrisa era
esa llave que abre cofres empolvados,
sellados de tiempo y miedo.
De él me gustaba su cuello
puente inquebrantable.
Se mordía los dedos
y yo las ansias.
Escondía el labio de abajo,
sus brazos y manos llenos de venas.
Ven.
Las orejas frías, a mi gusto.
Le daba por flexionar las rodillas,
le crujían, como a mí el corazón.
Las pestañas ni tan enchinadas ni tan tristes.
No era un chico que sobresaliese,
ni era necesario.
Me gustaban sus mañas y manías,
su no esconderse.
Pisaba firme
los pies bien puestos en la vida.
Y le añoraba.
Nunca me habló.
No me dirigió palabra, pero
no había algo que decir.
Todo se quedó ahí.
Entre el reflejo de la puerta del metro, él y yo.