Los miércoles por las tardes me gustaba pasear mis yemas por su barba,
intentando descifrar lo que sus dientes resguardaban.
Me gustaba su reciprocidad descortés,
descoordinada,
dándole yo sonrisas
él respondiendo con seriedades.
Mi picardía acompasada con sus cejas tupidas,
despiertas.
Nuestros ritmos distintos,
desequilibrados,
distantes e incompletos,
pausados,
mezclados y notorios.
Dos entes rompiendo la monotonía
y armonía desnuda
de un vagón de piedras.
Sube baja.
Un hombro, el brazo,
la nuca.
Su nuca.
Acariciándola se me iban las nostalgias
y me regresaban los estornudos.
Desnudos.
Sin algo que ocultar
ni qué decir,
se nos fue la vida.
Y el tren.
sábado, 12 de marzo de 2016
Suscribirse a:
Comentarios de la entrada (Atom)
No hay comentarios.:
Publicar un comentario