Tenía un brillo peculiar en los ojos
como esas lanzas que atraviesan los muros más grandes
su sonrisa era
esa llave que abre cofres empolvados,
sellados de tiempo y miedo.
De él me gustaba su cuello
puente inquebrantable.
Se mordía los dedos
y yo las ansias.
Escondía el labio de abajo,
sus brazos y manos llenos de venas.
Ven.
Las orejas frías, a mi gusto.
Le daba por flexionar las rodillas,
le crujían, como a mí el corazón.
Las pestañas ni tan enchinadas ni tan tristes.
No era un chico que sobresaliese,
ni era necesario.
Me gustaban sus mañas y manías,
su no esconderse.
Pisaba firme
los pies bien puestos en la vida.
Y le añoraba.
Nunca me habló.
No me dirigió palabra, pero
no había algo que decir.
Todo se quedó ahí.
Entre el reflejo de la puerta del metro, él y yo.
sábado, 12 de marzo de 2016
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