sábado, 12 de marzo de 2016

Tenía un brillo peculiar en los ojos
como esas lanzas que atraviesan los muros más grandes
su sonrisa era
esa llave que abre cofres empolvados,
sellados de tiempo y miedo.
De él me gustaba su cuello
puente inquebrantable.
Se mordía los dedos
y yo las ansias.
Escondía el labio de abajo,
sus brazos y manos llenos de venas.
Ven.
Las orejas frías, a mi gusto.
Le daba por flexionar las rodillas,
le crujían, como a mí el corazón.
Las pestañas ni tan enchinadas ni tan tristes.
No era un chico que sobresaliese,
ni era necesario.
Me gustaban sus mañas y manías,
su no esconderse.
Pisaba firme
los pies bien puestos en la vida.
Y le añoraba.
Nunca me habló.
No me dirigió palabra, pero
no había algo que decir.
Todo se quedó ahí.
Entre el reflejo de la puerta del metro, él y yo.

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